Por una libre expresión Radical

Antes de mandar a callar a alguien solo porque la conversación se puso confusa, recordemos que es más importante poder decir lo que pensamos que dejar que el orgullo nos gane. Imaginemos un mundo donde todos podamos expresarnos sin miedo, ¡qué lugar tan increíble sería!

Partamos desde la cita de Séneca: No nos hieren las cosas, sino la opinión que tenemos de ellas La única manera de lograr una democracia sana. En lugar de la idea bíblica de arrojar la primera piedra, el que esté libre de pecado. Ambas reflexiones nos invitan a hacer juicios internos. La segunda se enfoca más en la culpa. Nadie debería sentirse culpable por expresar lo que piensa.

Es molesto que te echen en la cara ese sentimiento de superioridad moral cristiana. Cuando el único culpable es uno mismo, que cierra su mente, a la posibilidad de que el otro opine distinto. Sea cual sea su argumento. Esa necesidad de certeza del Homo sapiens mestizus es lo que más conflictos genera entre las personas.

Cuando callamos a alguien

Imagina que estás armando un rompecabezas gigante, pero no tienes la imagen de referencia. Cada persona que se acerca ve las piezas desde un ángulo diferente y tiene una idea distinta de qué figura podría formarse. Así es nuestra búsqueda de la verdad.

¿Por qué es tan difícil estar completamente seguros de algo? Porque la verdad no es como un tesoro que encontramos de golpe, sino más bien como una ciudad que construimos entre todos, ladrillo por ladrillo, idea por idea.

Cuando callamos a alguien porque sus opiniones nos incomodan o nos parecen «inapropiadas», es como si tiráramos a la basura piezas de nuestro rompecabezas solo porque no encajan con la figura que imaginamos. ¿No sería mejor examinar esas piezas con curiosidad? Tal vez revelan una parte del dibujo que no habíamos considerado.

La necesidad de «tener la razón» es como usar pegamento para forzar que las piezas encajen donde creemos que deberían ir. En lugar de eso, podríamos:

– Escuchar diferentes perspectivas con genuina curiosidad

– Estar abiertos a cambiar de opinión cuando encontramos mejores argumentos

– Entender que nuestras «verdades» de hoy pueden ser los errores de mañana

Lo que hoy consideramos «verdad» es más bien una aproximación, como cuando el pronóstico del tiempo dice que hay 90% de probabilidad de lluvia. Podríamos estar bastante seguros, pero siempre existe la posibilidad de que las cosas sean diferentes de lo que pensamos.

Esta forma de ver el mundo, reconociendo que no tenemos todas las respuestas, nos permite:

1. Escuchar ideas diferentes sin sentirnos amenazados

2. Aprender de personas que piensan distinto

3. Contribuir al conocimiento colectivo sin miedo a equivocarnos

Hablar con libertad

Cuando permitimos que todas las voces se expresen libremente, incluso aquellas que nos incomodan, estamos enriqueciendo nuestra comprensión del mundo. Es como tener más piezas para nuestro rompecabezas: aunque algunas no encajen ahora, podrían ser cruciales para completar la imagen más adelante.

La verdad absoluta es un horizonte al que nos acercamos paso a paso, conversación tras conversación. Cada voz, cada perspectiva, cada duda y cada debate nos acerca un poco más. Por eso, silenciar voces diferentes no solo es injusto: es contraproducente para nuestro crecimiento como sociedad.

El arte la mejor herramienta

Tenemos muchas herramientas a la mano que nos ayudan a cuestionar las ideas que se nos han inculcado como certezas. De todas, el arte, es la más hermosa. Su principal función es invitar al espectador a reflexionar sobre lo que considera la realidad. Es complicado, sin embargo, generalizar en la palabra arte.

Saber cuáles son las obras que no aportan mucho, es tarea complicada, cuando solamente existen las de un tipo: aquellas que nos hacen sentir bien con nuestras certezas o las que confirmen nuestras costumbres sociales. Las únicas obras puras son aquellas que tienen aura sincera y auténtica. Estas etiquetas no las dan los conocedores, críticos, profesionales, académicos y festivales. Es el público, o debería de ser este, quien determine el valor de las obras. No a través de un razonamiento sobre la técnica, sino abierto a la posibilidad de descubrir y el deseo de aventurarse. El arte necesita de un público sensible, dispuesto a exponer sus emociones y comunicarse con la obra.

En cambio, nuestros prejuicios y miedos rigen nuestras opiniones. Por ello —existen—, las etiquetas. Sirven de guías o, mejor dicho, mandatos para decirnos qué nos debe de gustar. El osado defiende su punto de vista con un, «a mí, si me gusta». Y, silencio, sin los porqués. Sí, sí, sí, el arte debe de provocar; ser crítico social. El arte, en lo general, es una perspectiva de la realidad del creador. Cada quien mira —debería hacerlo— en libertad e interpretarla según le dicte su conciencia.

Con suerte, eres alguien que no tiene un alma corrupta, no te gusta mentirte, entonces reflexionas y piensas por ti mismo. Sin intermediarios; nada se interpone entre tus emociones y tu instinto. Tienes un juicio propio. 

Estar rodeados de tantas voces y herramientas artificiales que sirven para validar lo que no comprendemos, o no deseamos comprender por la necesidad a las certezas. También por el miedo de escuchar una opinión contraria; armada de mejores argumentos que nos provocan duda. Son los actuales obstáculos para expresarnos con libertad. El peor de los casos: creer en la otra opinión que proviene de un perfil vestido de misticismo; de una leyenda hecha a base de likes.

Estos agentes populares, como cualquier Homo sapiens, están infestados de prejuicios. Al ser reconocidos como una autoridad se les da el permiso de censurar.

La figura del gobierno es uno de esos agentes que censuran justificados por una popularidad ficticia. Crean instituciones que validan la censura ante unos ciudadanos negados a aceptar las consecuencias de estas acciones. Que no nos extrañe o tome por sorpresa cuando desaparezca por completo la autenticidad de nuestra cultura por negar espacios al artista moderno.

Las instituciones culturales, que dependen del Estado, le dan al espectador obras condescendientes con su estilo de vida. Sus agendas están hechas para sobrevivir y perpetuar las ficciones que nos dan una identidad ambigua. No para emancipar a sus gobernados. El sistema político y burocrático —organizaciones de culto— necesitan crear consumo con capacidad de desembolso capital para sobrevivir.

La cultura no genera ganancias. Y, cada año, es menor, pues a la gente común deja de demandar por espacios para artistas actuales. Todos nos conformamos con el arte del pasado. De ese estamos orgullosos, aunque ya no sea vigente en los tiempos modernos, lo seguimos explotando. En un futuro habrá un político que aproveche esta falla en nuestra identidad y su eslogan sea: Make Mexico Great Again. 

Entre más censura al arte, menos identidad. Un país de ciudadanos sin identidad es fácil de engañar y manipular. Es fácil de gobernar, porque no conoce sus propósitos. Esto es, no sabe lo que quiere. El sistema político, cuida de la burbuja; perpetua ficciones, como lo es ahora la idea de que nosotros escogemos, y por lo tal, somos libres. 

Costumbre y tradición

En Alemania no tener las manos sobre la mesa es visto como algo indecoroso. Aquí en México, poner los codos sobre la mesa es, ofensivo. ¿Por qué?, es inmoral. Todos crecemos con costumbres, tradiciones y etiquetas de comportamiento, hechas para formarnos una autodisciplina. Muchas familias las usan de pretextos para someter. Estas normas sociales fueron creadas con la ficción del progreso: a+b=c. Compórtate, ve a misa, obtén un título, cásate, ten hijos, y tienes el futuro asegurado. Ese es el incuestionable sentido de la vida que la tradición nos vende; sencillo.

El Homo sapiens mestizus, tiene dificultad para discernir, más cuando pasa la vida con la certeza de una sola cosa, no responde bien ante el reto de argumentar un principio: «Porque así lo digo YO». Se acabó la discusión. Es utópico pensar que podemos ir por la vida cuestionando todo. Nuestra capacidad para imaginar lo hace imposible. Además, tenemos problemas en aceptar la realidad de las cosas; pasamos más tiempo en el ayer soñando con el futuro.

La censura autoinfligida es grave y profunda. Necios, nos mentimos con argumentos de que México es un país libre. Orgullosos presumimos de la cantidad de museos y galerías, cinematecas, de la UNAM y sus alcances científicos y artísticos, etc., etc.

Sin embargo, existe una dolorosa ironía: mientras estos espacios están llenos de visitantes ávidos por nuevas experiencias artísticas, las puertas permanecen cerradas para muchos artistas nacionales contemporáneos.

El mito de la «falta de interés»

«No hay suficiente interés del público», nos dicen. Pero la realidad cuenta otra historia. Día tras día, estos espacios culturales reciben a cientos de visitantes curiosos, personas que buscan activamente expandir sus horizontes y conocer nuevas perspectivas artísticas. Esta contradicción nos lleva a preguntarnos: ¿qué está ocurriendo realmente?

El filtro institucional

La respuesta está en quienes controlan estos espacios. Las instituciones culturales, principalmente manejadas por el Estado, han creado un sistema de selección que frecuentemente favorece conexiones personales sobre mérito artístico. Aunque existen excepciones notables, el proceso de selección suele carecer de transparencia y diversidad en sus criterios.

Lo que necesitamos no es solo más espacios, sino una nueva filosofía de inclusión cultural. Imaginemos galerías y museos que:

– Den cabida a artistas establecidos y emergentes

– Muestren obras tradicionales junto a propuestas innovadoras

– Celebren la diversidad de voces artísticas

– Reflejen la rica variedad de voces artísticas

El potencial desaprovechado

México tiene una ventaja única: su gente posee una natural inclinación hacia la contemplación y la reflexión. Esta característica, producto de nuestra rica herencia cultural, podría ser el fundamento de una revolución artística. Sin embargo, al visitar nuestros espacios culturales, encontramos una monotonía preocupante: obras que siguen patrones similares, voces que repiten los mismos tonos.

Esta diversificación no solo beneficiaría a los artistas, sino que enriquecería la experiencia cultural de todos los mexicanos, permitiéndonos ver nuestro arte y nuestra identidad desde múltiples perspectivas. 

Por eso entiendo cuando la gente, sin ningún cacahuate en la boca, o en la cabeza, ignoran de la cantidad de artistas que pululan en nuestras calles.

Pero va más allá de esconder bajo la alfombra las opiniones que nos incomodan. La bandera que con tanto orgullo nos identifica como nación es un símbolo que representa a la cultura del imperio mexica. No es una representación de todo México, de los orígenes del México actual.

La abrazamos porque aceptamos la centralización que impusieron los españoles y prolongaron los llamados «Padres de la patria». Esta es la esencia de una censura que se hace en un país que presume los logros nacionales a partir de una pequeña porción: Ciudad de México. En la cual habitan la mayoría de esos museos y galerías, cinematecas y demás orgullos nacionales. Pero que desde hace décadas, en su mayoría, dejaron de promocionar al artista independiente en favor del progreso.

El sistema cultural necesita sobrevivir en la actualidad. Su alimento principal es la popularidad. Las tendencias que viven de la opinión de las masas. De ahí que se promueva más lo extranjero que lo nacional. Hay que ver de todo para expandir nuestros horizontes, cierto. No obstante, antes tenemos que saber en dónde estamos parados.

Tanto los medios de producción como el Estado, necesitan de dinero para sobrevivir. La censura más poderosa que producen, es la de convencernos de que lo que nos muestran es lo mejor de lo mejor. Fuera de esos límites, está el vacío, lo chafa. El Homo sapiens mestizus contemplativo y reflexivo es un lastre para el progreso. Por el contrario, el productivo es el futuro.

Incluso, la censura actual nos arrebata la capacidad para saber en que invertir nuestro tiempo de ocio. Nos regala miles de herramientas para mantener el enfoque y la mente “despierta” sobre unos aparatos digitales extranjeros que nos ofrecen todo tipo de entretenimiento de fácil consumo.

La información es el arma más poderosa del mundo; es una afirmación incorrecta, lo es el conocimiento. Hay que ser muy cuidadosos con que información alimentamos la cabeza, tal vez nuestra conciencia, no recuerde lo que vemos, leemos y escuchamos. Pero la mente, con el exceso de información, es igual al cuerpo con el exceso de grasa: lo guarda en los armarios y rincones sin avisarnos. Y, al igual que el exceso de grasa, destruye a nuestro cuerpo sin darnos cuenta. La información lo hace con la conciencia. 

Esta es la censura inconsciente e inocente que termina por embrutecer. Las tardes y los ocios son para la discusión reflexiva sobre arte, ciencia y sociedad. A través de éstas cuestionamos los fundamentos y procedimientos tan adorados y sostenidos por la mentira popular. México va más allá de la costumbre y tradición popular. Vive más allá de sus ciudades cosmopolitas.

Perdemos la dirección cuando nos dejamos llevar por la dinámica de la censura, sin meter las manos, en lo que Estado y los medios de comunicación nos dan como auténtico. Sin rumbo, adoptamos conflictos de otras culturas y sus medios para adaptarlos. Ejemplos actuales, la cultura de cancelación, el feminismo, la inclusividad, la preocupación por el medioambiente, etc., etc. No porque no existan en el país, existen, pero en un contexto distinto al de Europa o Norteamérica.

La educación escolar contribuye más en callarnos que enseñarnos a expresarnos con libertad: premia el buen comportamiento (sometimiento) y la memorización (mecanización). Estos conceptos y tradiciones europeas del siglo XVI y XVII, Importadas por una España que no deseaba adaptarse a las nuevas filosofías del resto de Europa. 

El sistema político y social del Occidente tiene una alta probabilidad de colapsar. Está en decadencia desde generaciones atrás. Aunque su deceso culmine en las generaciones del futuro, España y Latinoamérica, como de costumbre, aún cargan con la ficción de la libre elección y la de una democracia ficticia confiados en Sátrapas elevados. Todavía prendemos veladoras y le rezamos a santos cuando el resto de Europa y el Occidente están en los márgenes de la creación de una nueva religión: La civil. Pero esta se va a dar a base de sangre; con una revolución devastadora.

Podríamos engañarnos y pensar que esta transición va a ser racional y moderada en razón de que las nuevas generaciones son menos consumidoras de basura. En lugar de maquilar ideas y buscar culpables por la tragedia de su vida, son creadores, menos críticos. Se han dejado de preocupar por acumular cosas y se alejan de las ciudades, en lugar de ampliar las fronteras de estas. Entienden que el progreso tecnológico no fue la panacea, es destrucción y mentira. 

Para que esta nueva religión civil, tenga una base democrática, hay que fomentar la libre expresión radical. Conscientes de los riesgos, cada vez más claros, como la creación de autócratas, gobiernos autoritarios, guerras caprichosas y sentimientos fundamentalistas y otras tantas más ideologías y palabras terminadas en “istas”.

La democracia es la mejor forma que tenemos. Permite la participación de todos. Acepta distintas perspectivas. Debemos ser responsables de lo que alimenta nuestra mente. Ese alimento trabaja en el fondo de nuestra consciencia. Está bien creer y ser lo que deseamos. También debemos aceptar lo que otros quieren ser y creer. Lo más negativo es desear que todos piensen igual. Eso es lo que la humanidad ha deseado desde siempre. Los resultados de este deseo no son buenos. Durante miles de años hemos encontrado formas de destruirnos. Las filosofías políticas y sociales actuales no promueven pensar antes de hablar. Promueven hablar para poder pensar.


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